Es reiterativa la presencia el espino, un árbol rústico y nada pretencioso, muy fuerte pero a la vez sencillo, de fisonomía muy propia y austera, de espacios intermedios y contornos duros pero a la vez muy finos. Intenta ser cada vez menos narrativo para dar paso a una obra interpretativa cargada de mucha emocionalidad. Hay una buena carga experiencias vividas,  y un recorrido desde la naturaleza más pura y honesta de la infancia, hasta la búsqueda de autonomía y libertad del presente, donde el acto de pintar se transforma en una suerte de Terapia de identificación. El paisaje busca interpretar un estado contemplativo de espacios sin tiempo, participa de un gesto de apertura y se muestra con la honestidad que merece un proceso creativo.
Año de publicación: 2009
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