Uno de los elementos más destacados de esta obra de Benito Rojo es que delata su constante reflexión sobre los aspectos topográficos del paisaje, es decir, las formas, texturas y materias que conforman la representación de un espacio geográfico.
En este caso, la referencia inmediata es el desierto del norte chileno, representado por las tonalidades tierras y ocres predominantes en la obra, que se contrastan con una imagen intervenida plásticamente, cuya luminosidad remite al paisaje griego, que también deviene árido y desértico.
Cabe destacar el tratamiento plástico de esta pintura, donde la estética informalista privilegia la gestualidad del autor y el uso de la espontaneidad de la mancha.
Finalmente, la presencia de la imagen de un templo griego clásico, creado por el hombre pero imposibilitado de habitar, establece una interesante relación con el desierto chileno. Las dificultades geográficas de este espacio natural, se refieren a la fascinación telúrica que éste ejerce sobre el hombre, además de su ineludible imposibilidad de habitar, creándose una presencia fantasmal.
Año de publicación: 1995